Costa Rica Precolombina (12,000 a.C. a 1500 d.C.)

Según la creencia popular, cuando Colón y los posteriores conquistadores españoles llegaron a las costas de Costa Rica fueron recibidos por una diminuta población indígena de alrededor de 25.000 personas. Debido a la falta de metales preciosos o piedra y de mano de obra indígena substancial para explotar, estos colonos españoles se vieron obligados a cultivar la tierra por sí solos y convertirse en agricultores de subsistencia independientes en lugar de los señores feudales o latifundistas, como en otras partes de Centro y Sudamérica. Por lo tanto se desarrolló la “democracia rural sin clases, amantes de la paz, agricultores blancos que valoraban mucho la libertad y la familia”.

Hasta hace muy poco esta fue la versión generalmente aceptada de la historia colonial, pasando a formar parte de una "ideología nacional", el mito unificador de la nación, lo que el historiador Theodore Creedman ha descrito como “leyenda blanca”. Durante los últimos años, los descubrimientos arqueológicos e investigación han llevado a los historiadores y sociólogos a desacreditar y reescribir este "mito", sugiriendo que no sólo ignora el tratamiento cruel y la explotación de los pueblos indígenas, sino que ignora también las diversas influencias culturales en la región, exagerando la blancura de los Costarricenses y negando la diferencia de clases y la división desigual del poder y riqueza.

Ahora se piensa que en vísperas de la conquista, en 1502, había en realidad entre 400,000 y 500,000 personas que vivían en la zona que es hoy Costa Rica, dispersos por toda la región en distintos grupos culturales que muestran influencias tanto de civilizaciones de Mesoamérica como de Suramérica.

Los arqueólogos han encontrado evidencia de cientos de sitios residenciales y miles de objetos que dan testimonio de la circulación, migración y la interacción de los pueblos en todas las zonas circundantes y a importantes divisiones agrícolas, sociales y estilísticas que corresponden a estas diferencias étnicas y culturales.

Hay poca evidencia que indique  el momento exacto en que la región fue habitada por primera vez.

Se estima que grandes olas de personas primitivas llegaron por primera vez al norte de América entre 20.000 y 40.000 años atrás, probablemente migrando desde Asia, particularmente Mongolia y Siberia para asentarse en el Noroeste. Poco a poco, en un transcurso de miles de años, estas personas viajaron hacia el sur, llegando a Tierra del Fuego, en el extremo sur de Argentina, adaptándose a los diversos climas y ambientes que se encontraban.

La evidencia de ocupación en Costa Rica se remonta a cerca de 12.000 a.C. Los restos de herramientas rudimentarias, en particular puntas de lanza, dan fe de la influencia tanto de civilizaciones de América del Norte como del Sur en la región, lo que sugiere que los primeros colonos llegaron no sólo del Norte sino también de la América Andina, mostrando la mezcla de las dos culturas distintas, incluso en esta etapa temprana.

Estos primeros habitantes de Costa Rica fueron cazadores-recolectores nómadas, que se movían en pequeños grupos a través de un territorio dominado por los bosques tropicales, cazando animales en su mayor parte ahora extintos y dedicándose también a la pesca y la recolección de frutos, nueces, cereales y huevos, trasladándose según los suministros de alimento escasearan o se agotaran.

A medida que estos pueblos primitivos comenzaron a tener conocimiento de las especies de plantas, explorando sus usos potenciales en el consumo como alimentos, medicinas, fibras y materiales de construcción, poco a poco seleccionando las especies de cultivo, una forma rudimentaria de agricultura se estableció. Esto a su vez sentó las bases para una existencia más sedentaria, con asentamientos más permanentes. La transición a la producción agrícola ocurrió principalmente entre 4000 y 1000 a.C., con evidencias de asentamientos permanentes en la zona de alrededor de 2500 a.C. en adelante.

Mientras la experiencia y los conocimientos, y consecuentemente, el suministro de alimentos crecieron, la población también aumentó con ellos, los asentamientos se hicieron más complejos y sofisticados y la agricultura se intensificó. En este punto la existencia de una importante brecha social y agrícola que reflejaba las diferencias étnicas se hizo evidente, marcando la región como la frontera entre Mesoamérica y América Andina.

Las tribus que vivían en las zonas noroccidental y central de la región mostraron la influencia mesoamericana, cultivo de granos como maíz y frijol (cultivos típicos de las zonas semiáridas de México), mientras que el contacto con América del Sur era evidente entre los semi-nómadas de las tribus del sur del Pacífico y el Caribe, donde el cultivo de roza y quema de yuca y otros tubérculos y pejibaye (una especie de nuez de palma común a todas las regiones de América del Sur) era frecuente. La masticación de hoja de coca, una costumbre andina fue también común.

Herramientas e instrumentos de trabajo se desarrollaron de acuerdo con estos avances en la agricultura y las diferencias étnicas y geográficas. En las áreas más secas de Guanacaste y Nicoya, se han encontrado recipientes de cerámica para almacenar el agua y los granos junto con metates tallados de manera muy elaborada (piedras para moler el maíz) mostrando las influencias estilísticas procedentes de las culturas mesoamericanas mientras que los artefactos encontrados en las regiones del Caribe muestran mano de obra y estilos decorativos similares a los de las culturas Andinas.

La técnica de modelado de cerámica en sí se cree que se originó en Colombia o Venezuela y viajó hasta Centro y Norte América, una vez más reforzando la idea de que los pueblos precolombinos en el continente no vivían aislados sino que había un contacto regular y comercio a través del intercambio, la migración y la conquista.

El crecimiento demográfico y la creciente complejidad de los asentamientos permitió una diversificación en la producción de las artesanías, los artesanos empezaron a decorar y estilizar los objetos más allá de lo necesario para la supervivencia. En las últimas décadas los arqueólogos han encontrado miles de artefactos muy trabajados en todo el país como joyería, cerámica decorativa, figuras de jade y piedra ricamente tallados, trabajos en oro y plata y los textiles tejidos vuelven a mostrar marcadas diferencias estilísticas y técnicas correspondientes a la circulación e intercambio cultural. El uso de materiales no procedentes de Costa Rica confirmó la existencia de grandes circuitos mercantiles en toda la región, Guatemala es probablemente la principal fuente de jade, mientras que el oro y la plata se cree que fueron importados de América del Sur.


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